29/3/15

El pueblo del tio Luis



Todo se conoció por el afán recaudatorio de la Provincia. En efecto, el fisco sospechaba que una gran cantidad de ciudadanos no declaraban sus inmuebles o lo hacían en forma parcial, evadiendo de este modo el impuesto sobre la propiedad.
 La nueva administración hizo trascender que se fotografiaría desde el aire el territorio con drones para constatar la validez de las declaraciones. El rumor se extendió, tan veloz y tergiversado, que no había pasado ni un día en que, a la carrera, desesperaron en una conferencia de prensa explicando allí que no se referían a drones militares como los de U.S.A. en Pakistán, que eran pequeñas máquinas de fotos voladoras y no estaban armadas.
Un ¡Ahhh! de alivio se extendió por el recinto y todo terminó con la risa de los presentes como un O.K. al proyecto. Pasado el tiempo, he meditado profundamente sobre ese día y creo que los drones militares hubieran sido a la larga mucho menos devastadores que los impuestos. Sea como fuere, el operativo se puso en marcha y todos los días despegaban los escuadrones dirigiéndose a diferentes zonas.
Producían un tenue zumbido que con el tiempo se hizo en nuestras mentes ubicuo y permanente. Aunque fuera feriado o hubiera tormenta, lo seguíamos oyendo. Tal insistencia mostraba el fisco que hasta inocentes revisábamos no haber salteado algún metro cuadrado.
Días después, nos despertamos con una increíble noticia. Estaba en la primera plana del periódico titulado, con un tamaño de letra apenas por debajo del de catástrofe: “Antiguo pueblo desaparecido de Ascochinga, ubicado gracias a los drones”.
Creo que fue papá quien me comentó algo de un tío Luis de Ascochinga. Hace tanto, que hasta dudo del recuerdo y nunca supe a quién se refería. En la particular nomenclatura genealógica que usaba papá, no puedo distinguir a un tío mío de un tío de él o de un tío de otro tío. Sencillamente era un apodo que se unía al nombre y quedó como una rémora en mi memoria. 
   
La primera reacción fue de incredulidad ¿Cómo fue que desapareció un pueblo entero? ¿Nadie se dio cuenta? Conociendo mi ciudad, estoy seguro que todos desconfiamos a la vez del dueño del periódico. Este era el biznieto del fundador Alfonso E. Ibarburen de quien sospechábamos había heredado sus pocas luces. Fue el primer diario de la provincia y le puso el creativo nombre de: “El periódico”. Se produjo tal la carcajada que desde la segunda edición acompañó el título con un estilizado dibujo del Quijote y Sancho Panza pensando que el manco (el de Lepanto, Cervantes) le daría el lustre que Salamanca non presta.
 
Sin embargo, era cierto. El artículo comentaba que el pueblo había empezado como muchos, siendo primero estación de tren. Al contrario de otros, sus habitantes no se dedicaron a tareas rurales y crecieron gracias a un limitado comercio. En su época de mayor esplendor había un almacén de ramos generales, una iglesia, la escuela de campo con todos los grados en la misma aula y un club que se decía de bochas, pero que en realidad, su tinglado servía a todos los eventos sociales: cumpleaños, casamientos y fiestas del calendario.
Los jóvenes eran cada vez menos, pues en cuanto podían huían de la chatura en pos de fortuna y amor; quizás regresaban para alguna Navidad y luego… nunca. El ferrocarril dejo de pasar y cuando murió el cura, cerraron la iglesia. Su desaparición registral se había producido por esas sin razones de los vericuetos administrativos.
Dada una vieja ley que eximía en parte el pago del tributo a las propiedades de los pensionados, poco a poco comenzó a cobrar la Parca y disminuyeron los contribuyentes con vida hasta que un buen día no los hubo más y el pueblo entero, aun de pie, fue dado de baja. En cambio, la desaparición física fue en silencio y quizás buscada, solo bastó que desapareciera en una noche sin luna el cartel que, sobre la ruta principal indicaba el camino, para que dejara de existir.
El alboroto cundía y, como un gato sobre el ratón, “El periódico” no perdería su presa. Ese mismo domingo y ya sin recaudos, publicó a tamaño catástrofe y en negrita: “Registros delpueblo perdido de Ascochinga recuperados por la agencia fiscal”.
Como tiburones oliendo la sangre, los inspectores seguirían la tinta e intentarían cobrar los impuestos correspondientes a los herederos de las propiedades que permanecían en pie.
Todavía lo recuerdo como una gran explosión que conmovió esta ciudad.  Varios negocios cerraron, sombras huían en la noche, se organizaron rutas de escape y perdí algunos amigos. Hice lo que pude por los desesperados y conseguí nuevas identidades, todo desde la seguridad de saberme a salvo. Si el tío Luis fue realmente tío, no tenía de qué preocuparme, sin embargo una nueva duda roía mi mente ¿Quién había sido el tío Luis?

Carlos Caro
Paraná, 07 de febrero de 2015

Descargar PDF: http://cort.as/USpB


2 comentarios:

  1. Me ha impresionado mucho cómo cuentas la muerte progresiva de un pueblo. No lo pensamos mucho pero hay un montón de pueblos y aldeas que van desapareciendo porque nadie se preocupa por ellos. Felicidades, Carlos y un beso muy grande

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    1. Es cierto Ana, se prefiere la vida ciudadana y se pierden costumbres, a veces, centenarias. Un beso, Carlos.

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